viernes, 19 de febrero de 2010

Zapatero, el turrión

El mando se refiere a las cualidades del general en cuanto a sabiduría, sinceridad, benevolencia, valentía y disciplina. Porque la guerra es un asunto de vital importancia para el Estado; una cuestión de vida o muerte; el camino para la supervivencia o la ruina.

En dialecto leonés existe el término turrión que bien podría definirse como “una persona obcecada hasta el infinito”. Les pondremos un ejemplo: en estos últimos días, con el temporal de agua y nieve que estamos sufriendo, un turrión bien podría decir que hace un día fantástico. Si usted insiste y trata de hacerle razonar, de explicarle que una temperatura de varios grados bajo cero no puede calificarse de calurosa, él se enrocará e insistirá en que la temperatura es muy agradable. Y para demostrárselo se pondrá el traje de baño, cogerá las gafas de sol y la toalla e incluso se irá al río y se bañará, aunque ello le suponga una pulmonía.
La actitud del Sr. Zapatero ha sido turriona desde el comienzo. Como si esto no pudiera pasarle a él, se negó durante prácticamente casi un año a admitir el estallido de la burbuja financiero-inmobiliaria, generadora de una crisis que se iba complicando cada día que él y sus responsables económicos no tomaban ninguna decisión; una vez admitida la crisis pensó que iba a ser cosa de unos meses, y se lanzó a una política de demanda –los 400 euros o el Plan E, que bien se podría haber denominado el Plan D de desperdicio- llevando a cabo un gasto público improductivo que disparó el déficit. Pero no había problema según el Presidente, ya que los ingresos de este 2010, ya en recuperación, iban a más que compensar los gastos de 2009; posteriormente presentó un Plan de Economía Sostenible que giraba alrededor de la innovación y las nuevas energías –no sabemos cómo habrá interpretado el Presidente la noticia de la nueva planta nuclear en Estados Unidos aprobada por Obama, el referente de nuestro gobierno ecologista-. De este Plan hace mucho que no sabemos nada, y a juzgar por los Presupuestos parece que nació muerto; y ahora, en que la situación es muy complicada –dramática si los mercados no se creen su discurso y reaccionan contra la deuda pública española- sigue empecinado en que la recuperación está a la vuelta de la esquina y no necesita a nadie más para definir la política económica, ya que la suya es la única correcta.
Como se puede apreciar, el problema del Presidente no es que esté equivocado, sino en que es incapaz de reconocer sus errores por turrión. A eso hay que sumar el corifeo de gobierno y de partido que ha organizado, en el que nadie le da la réplica, bien por falta de preparación o bien por evitar aquello que tan gráficamente describió Alfonso Guerra en su momento: el que se mueve no sale en la foto.
Pero lo que no comprende nuestro turrión Presidente es que la situación económica española es lo suficientemente delicada como para no poder mantener esa actitud. La solución de la gravísima crisis que atravesamos pasa, en primer lugar, por reconocer tanto su existencia como su profundidad para a continuación definir las medidas que se deben adoptar. Medidas que son conocidas por todos aquellos que tienen algunos conocimientos de economía: reformas estructurales y, muy especialmente, urge la modernización del mercado de trabajo, eliminando la dicotomía actual contratos fijos/temporales y permitiendo los ajustes vía precios (salarios) para justamente evitar los ajustes vía cantidades (paro); eliminación de las trabas burocráticas para la creación de empresas y posibilitar ayudas a los emprendedores; reorganización del sistema financiero, con la venta de aquellas entidades insolventes independientemente de criterios políticos y nacionalistas; reducción del gasto público con un control exhaustivo del que llevan a cabo las Comunidades Autónomas y los ayuntamientos. En definitiva, reconocer que sólo somos la cuarta potencia económica de la Unión Europea, que hemos gastado mucho más de lo que teníamos y que ahora nos toca apretarnos el cinturón. Se acabó la época de las sonrisas y ahora toca trabajar en serio.
Por cierto, y hablando de la Unión Europea, es muy importante recordar que el euro es una moneda sin Estado y, como ha señalado Jean Marie Colombani, "la zona euro es la moneda más el Pacto de Estabilidad; y la confianza en la moneda depende de que sus miembros respeten o no el Pacto" y, claro, es más que posible que nuestras cuentas públicas preocupen en Alemania y Francia; de esta forma nuestro turrión nacional podría encontrarse con la horma de su zapato en el mismo espacio en el que tanto le gusta fotografiarse: tras las medidas adoptadas por la UE con respecto a Grecia y sobre todo tras las amenazas implícitas y explícitas, no sería nada de extrañar que dentro de poco el triunvirato Trichet, Merkel, Sarkozy pusiera contra las cuerdas a nuestro gobierno y le obligase a tomar medidas que hasta ahora se ha negado a adoptar. Como se ha señalado en diversos foros el verdadero problema del Eurosistema y su moneda no es Grecia sino España. Y su credibilidad pasa, en esa medida, por la de nuestra economía.
Así, y gracias a esa actitud tan turriona, habríamos pasado de un gran pacto nacional a una imposición de nuestros socios europeos. Porque una cosa es clara: la economía española necesita crecer a un mínimo del 2% para generar empleo y todavía estamos en tasas negativas, muy endeudados y con un déficit descomunal. Nuestra economía está gravemente herida y alguien debe solucionarlo. Zapatero debe cejar en su obstinación y entender, como en la cita del general, que la situación es grave, que debe tomar decisiones inmediatamente y que de lo que haga depende el que sigamos la senda de la supervivencia o la ruina.

© José L. Calvo y José A. Martínez

lunes, 15 de febrero de 2010

Cuestión de confianza

El Tao hace que los soldados tengan el mismo propósito que su superior. De este modo llegarán a morir con él, a vivir con él y a no engañarlo.
El general es el conocimiento, la fidelidad, el valor y la disciplina

No descubrimos nada si afirmamos que la economía española está atravesando por gravísimas dificultades: un nivel de paro que supera los 4 millones; un déficit público disparado y con grandes dificultades en su control, sobre todo si tenemos en cuenta que el gobierno sólo maneja el 20% del gasto público y el gasto social sigue creciendo, las familias altamente endeudadas y muchas de ellas con un patrimonio negativo… Pero lo que no es tan evidente es que esta situación se enmarca en un problema de incluso más difícil solución: la DESCONFIANZA. Desconfianza hacia nuestra economía, hacia su capacidad de recuperación y de mantenimiento de su posición en la Unión Europea y el Eurosistema, junto con una absoluta falta de confianza en que nuestra clase política –y muy especialmente el gobierno- sea capaz de diseñar una senda que nos permita salir de la crisis. Desconfianza de los mercados internacionales pero también de los consumidores nacionales. Analicemos brevemente cada uno de estos aspectos.
Los mercados internacionales han castigado duramente a los valores españoles en las últimas semanas. Y ello, más allá de explicaciones paranoicas como las del Ministro de Fomento, solamente traduce la reacción de los inversores y especuladores a una situación que puede llegar a ser insostenible si, como señala The Economist, el presidente Zapatero sigue zapeando en su política, con vaivenes continuos, con propuestas que se lanzan y luego son retiradas ante la menor presión social, sin una orientación clara. No hay contubernio judeomasónico o de los inversores y medios de comunicación británicos, simplemente hay desconfianza y unos mercados que actuando bajo la más estricta lógica capitalista se comportan como los tiburones y acuden donde hay sangre. Y la economía española sangra copiosamente.
El caso de los consumidores nacionales refleja tanto la desconfianza a la que estamos haciendo mención como un comportamiento irracional propio de las situaciones de crisis en las que no se observa el final del túnel. Lo mismo que hasta 2007 nos gobernó el optimismo y nos creímos que formábamos parte de los países líderes de Europa –recuérdese que algunos políticos y medios de comunicación nos apelaron la “locomotora de Europa” e íbamos a sobrepasar este año en renta per cápita a Francia- en la actualidad nos hemos instalado en el pesimismo más extremo. La gente ha optado por una economía de guerra y ha reducido sustancialmente su consumo porque no confía en que estemos al final de la recesión y las cosas mejoren sino que, por el contrario, esperan que vayan a empeorar, siendo preferible protegerse ante un futuro tan negro. Este comportamiento se basa en hechos reales como la posibilidad de quedarse en el paro, pero también en suposiciones erróneas, como que el sistema de pensiones vaya a quebrar a corto plazo.
Pero el principal problema, a nuestro juicio, es la total desconfianza que tanto mercados como consumidores tienen hacia nuestra clase política y muy especialmente hacia el gobierno. Es evidente que el equipo del Sr. Zapatero ha perdido la confianza de los españoles ya que si como señala nuevamente The Economist más de la mitad de los votantes del PSOE no se fían de que sea capaz de establecer una política que pueda sacarnos de la crisis ¿qué pensarán los no le votaron? Por ello parece lógico que aquellos que sí tienen sentido de estado, que valoran en su justa medida la peligrosa situación que vive la economía española, hayan movido ficha y reclamen un Pacto de Estado: el Rey, CIU que en los momentos difíciles sigue demostrando tener una visión más global que el PP y el PSOE, los agentes sociales e incluso algunas voces socialistas como el Presidente del Congreso.
Enfrentarse a la gravedad de la economía española no admite ni dilaciones ni vaivenes. Se han acabado las sonrisas y es hora de ponerse serio y afrontar las reformas imprescindibles. Es preciso generar confianza tanto a los mercados como a los consumidores. Y eso solo puede hacerse a través de un acuerdo global de todos los partidos, los agentes sociales y las Administraciones Públicas –Comunidades Autónomas y ayuntamientos incluidos que deben reducir sustancialmente su gasto-. Es hora de que el gobierno abandone su obstinación y la oposición asuma que no puede seguir con su política de desgaste. PSOE y PP han de estar a la altura.
Como dice el Sun Tzu, lo primero es crear el Tao (confianza); y luego tener un general que sea el conocimiento, el valor y la disciplina, al que poder seguir.

© José L. Calvo y José A. Martínez

viernes, 29 de enero de 2010

La crisis española necesita un pacto de estado

El general es el baluarte del Estado. Si el baluarte está completo en todos los puntos, el Estado será fuerte; si el baluarte es defectuoso, el Estado será débil.
Desde distintos foros internacionales esta semana se han dado cuatro “toques de atención” a la economía española que merecen se analizados.
El primero de ellos procede de los datos que ha publicado EUROSTAT, según los cuales España vuelve a ser sobrepasada en PIB per cápita por Italia y que también muestran cómo hemos entrado en una senda que nos aleja de Francia y Alemania e incluso de la media comunitaria. Atrás queda así el sueño del Presidente del Gobierno –nueva expresión de ese optimismo patológico del que hace gala- cuando afirmó que en 2010 habríamos sobrepasado a Francia en renta per cápita, y vuelve a situarnos entre los países de importancia media de la Unión, distanciándonos de los verdaderos rectores de ésta. Una lección de humildad que no deberíamos menospreciar y que debe de servir para reconducir nuestra política de alianzas dentro de Europa.
El segundo y tercero provienen de las previsiones de crecimiento de dos instituciones internacionales: la OCDE y el FMI. Ambas señalan que nuestro país será el único de entre los más desarrollados que presentará un crecimiento negativo en 2010 y una tasa inferior al 1% en 2011. Es decir, que nuestra salida de la crisis, y con ello la reducción del desempleo, están todavía bastante lejos según estos organismos.
La última, cronológicamente, ha surgido en el foro de Davos. Si el día 27 de enero el gran gurú que predijo la crisis financiera, Nouriel Roubini, destacaba que España es un peligro para la zona Euro, en la que va a crear inestabilidad y de la que incluso podría ser expulsada, al día siguiente todos los ponentes ponían como ejemplo de país con graves problemas al nuestro. Hemos pasado así de ser el paradigma de crecimiento al de destrucción. No conocemos el término medio.
Ante esto la respuesta del Gobierno ha sido, como siempre, negar la mayor y escapar de la realidad. La Vicepresidenta económica parece el conductor del chiste que va en sentido contrario en la autovía: todos se equivocan menos el ejecutivo español. Y nuevamente la única voz que destaca por su sensatez es la del Gobernador del Banco de España que reclama reformas para mejorar la productividad, la competividad y el empleo.
Pero los datos son obstinados: más de 4 millones de parados (casi un 20% de la población activa), un déficit público muy elevado (de dos dígitos, cuando el objetivo es el 3% del PIB) y eso que no está consolidado con los de las Comunidades Autónomas; un compromiso de gasto social que hace muy difícil la reducción de ese déficit; un país alejado de las corrientes innovadoras y en esa medida que pierde competitividad mes a mes…
Parece obvio que lo primero que debe hacer el gobierno es asumir la realidad. La economía española está gravemente enferma. Y un enfermo no se cura mirando hacia otro lado o encomendándose al brujo de la aldea. Hace falta un médico de verdad, un diagnóstico serio y un tratamiento agresivo. Nuestra posición ha sido clara desde hace tiempo: es imprescindible un gran pacto nacional y reformas estructurales, entre las que la del mercado de trabajo para introducir flexibilidad es imperiosa. En este sentido nos sumamos a la propuesta del Gobernador del Banco de España de que los convenios colectivos sectoriales sean solo una referencia para las PYMES, es decir, para la inmensa mayoría del tejido industrial español.
Pero como decimos, lo imprescindible es un gran acuerdo. Y para ello es preciso un gobierno y una oposición responsables, con las ideas claras y que transmitan ilusión al ciudadano y a los que verdaderamente crean empleo: los empresarios.
Como decía el recientemente fallecido Paul Samuelson, cuando surge una recesión (o depresión como esta) una política monetaria puede resultar ineficaz, pero una política fiscal puede sacarnos casi de cualquier problema. Esperaremos al viernes para escuchar las propuestas del presidente del gobierno. Pero la situación no está para bromas, Mr. Bean.

© José A. Martínez y José L. Calvo

martes, 22 de diciembre de 2009

Oportunismo sindical. ¿Movilizar a quién, para qué y contra quién?

Si el general no logra vencer su ira y les obliga a que trepen como hormigas, morirá un tercio de los soldados y de los oficiales pero no se logrará tomar la ciudad. Será un ataque desgraciado.

El día 12 del 12 a las 12 horas CC.OO. y UGT, sindicatos oficiales mayoritarios, convocaron una manifestación bajo el lema “que no se aprovechen de la crisis”, para que los empresarios no hagan pagar a los trabajadores la crisis económica y llamando al diálogo social (mal empezamos con esa extraña forma de apelar a la responsabilidad de los otros llamándoles aprovechados). Tres cuestiones nos surgen a raíz de esta movilización.
¿A quién representan realmente los sindicatos UGT y CC.OO? No es fácil encontrar datos sobre representatividad sindical en España. Los últimos indican que menos del 20% de los trabajadores del sector privado están afiliados a los sindicatos mientras que este porcentaje aumenta hasta casi el 40% en el sector público. O dicho de otra forma, los sindicatos representan tan solo a 1 de cada 5 trabajadores privados. Y su falta de representación la pudimos ver el día 12: la convocatoria contó con una participación de unas decenas de miles de personas y eso que se fletaron autobuses desde toda España. Mucho menos que un Madrid-Barca.
Es evidente que atrás quedaron las movilizaciones de millones de personas en los primeros de mayo. Y ello se debe a que también quedaron en el pasado aquellos sindicatos de clase que buscaban una transformación de la sociedad y que ahora no solo se han asentado en ella sino que sobreviven a costa de los Presupuestos Generales del Estado. Hemos pasado de sindicatos de clase a sindicatos de servicios –más bien serviles- pero que al mantener el mismo discurso obrerista lo han vaciado de contenido. Porque claro, llamar a la lucha de clases después de años de haber estado asentados en la comodidad del funcionariado, siendo un apéndice del gobierno, no es muy creíble.
La segunda de las cuestiones hace referencia al propio slogan de la manifestación. ¿Son los sindicatos unos hipócritas o no entienden lo que significa el capitalismo? Es cierto que nuestra Constitución afirma que España es una economía social de mercado, lo que dicho en castellano corriente supone que es una economía capitalista pura y no tan dura como, por ejemplo, la americana de la época Bush. Pues bien, el modelo capitalista se basa en la obtención del máximo beneficio. Ese es su principio inmutable. Y para ello las empresas contratan a trabajadores que deben producir más de lo que perciben como salario para generar plusvalías –según Marx- o beneficios que parece que queda “más limpio”. Dentro de esa lógica no solo no se encuentra el no aprovecharse de la crisis, sino que está el de beneficiarse plenamente de ella. Y si no pregúntenselo a los bancos, que han aumentado las comisiones, a Iberdrola, Repsol… Por eso, salir a demandar a las grandes empresas que no se aprovechen de la crisis es como pedirle a la Iglesia que esté a favor del aborto.
Pero lo que tampoco tiene lógica es lanzar un discurso obrerista apelando a la lucha de clases cuando se acepta el capitalismo y no se quiere transformar radicalmente la sociedad hacia un nuevo modelo en el que no haya esa explotación. Señores Toxo y Méndez, es un contrasentido defender el capitalismo –como ustedes hacen implícitamente- y al mismo tiempo demandar que los beneficios se repartan equitativamente entre todos. Es como cuando te peleabas en el colegio con los que eran más fuertes: a lo máximo que podías aspirar es a que te pegaran poco. Desengáñense, por si no lo sabían en el programa capitalista no está –ni se la espera- la justicia social.
Y la última de nuestras preguntas, ¿de qué empresarios estamos hablando? Los sindicatos parecen desconocer el tejido industrial español, compuesto en su gran mayoría por empresas muy pequeñas. Esos ejemplos de EREs que tanto les gusta sacar en los Telediarios como los de General Motors, Nissan… son la excepción en nuestro país. Lo habitual, de donde surge más del 90 por ciento de nuestros desempleados, es de empresas como dulces Paquito que en la época de las vacas gordas tuvo hasta 10 trabajadores y que ahora solo puede generar producción para 5, que tiene que despedir con todo el dolor de su corazón al resto porque el banco le ha cerrado la línea de crédito o porque le ponen condiciones imposibles de cumplir. A ese empresario, que probablemente tenga empeñada su casa para no tener que cerrar la fábrica, que posiblemente pierda todo el capital que ha ido acumulando en estos últimos años, es al que se dirigen los sindicatos cuando demandan que no se aproveche de la crisis. Es a ese al que llaman explotador (y no a Botín, Roures, Polanco… sorprendente).
Señores de UGT y CC.OO., menos demagogia y más sentido común. Menos discurso exaltado y más oferta real de diálogo. Si jugamos según las reglas de la economía social de mercado deberemos ponernos JUNTOS a buscar una solución. Y en esa búsqueda su misión ha de ser muy clara: defender los intereses de TODOS los trabajadores y no solo los de sus afiliados y liberados.
Claro que hay también una alternativa un poco más radical en la línea de su discurso: si lo que quieren es la lucha de clases entonces adelante, pero con el objetivo de transformar la sociedad y crear una nueva, no de parchear el modelo actual (aunque no creo que al gobierno le gustara mucho y estuviera dispuesto a seguir pagándoles de las arcas del Estado).

© José L. Calvo

domingo, 13 de diciembre de 2009

La avaricia rompe el saco o cómo morir de éxito

En suma, he aquí el método para el empleo de la milicia. Se necesitan más del li para aprovisionar un millar de carros rápidos, un millar de carros cubiertos de cuero y cien mil soldados. Después vienen los gastos externos e internos, el estipendio de los consejeros extranjeros, los materiales necesarios para colas y lacas y las aportaciones para los carros y armaduras, todo lo cual suman otras mil piezas de oro al día. Tan solo después de haber contado con todo esto se pueden reclutar cien mil soldados.

Por una vez, y sin que sirva de precedente, no hablaremos del Gobierno. Hoy vamos a hablar de algo mucho más cercano a los dos integrantes de este blog y que a ustedes les puede parecer lejano… aunque quizás no tanto.
Erase que se era una Universidad tan grande, tan descomunal, que necesitaba alimentarse continuamente. Como los ogros de los cuentos, nuestra Universidad era insaciable y necesitaba “comerse” nuevos alumnos para mantener ese “corpachón” burocrático que a lo largo de los años había creado. Así la matrícula crecía año a año, y llegó a tener cerca de 200.000 (sí han leído bien) estudiantes.
El problema al que se enfrentaba la Universidad, llamémosla UNED sin ánimo de particularizar, es que en tenía un “cerebro” en el que no participaba ningún economista. O dicho más claramente, que en su equipo rectoral ninguno de sus miembros conocía los principios del análisis coste-beneficio ni del marketing. Eso le hacía pensar que cada vez que matriculaba un nuevo alumno tan solo tenía que tener en cuenta los ingresos, sin que se le pasara por la cabeza que también generaba costes y que debía cumplir lo que prometía. Vamos, que nuestro “ogro” comía sin cesar sin pensar que tenía que “digerir” el alimento y que para ello hace falta cocinarlo y gastar energías.
Si el equipo dirigente de la UNED hubiese tenido en cuenta no solo los ingresos sino la diferencia entre estos y los gastos, es decir los beneficios, se habría dado cuenta de que hacía mucho que había sobrepasado el nivel óptimo de alumnos y que a partir de ese punto cada nuevo estudiante matriculado generaba más gastos que ingresos, es decir, que producía pérdidas. Dicho en términos del ogro, tenía tal empacho de alumnos que le resultaba prácticamente imposible digerir uno más.
Pero es que además desconocía los principios que rigen el marketing y en concreto el que dicta que no es una buena política a medio y largo plazo engañar tanto a sus consumidores como a sus trabajadores. Y eso es lo que hacía: a los estudiantes les ofrecía cosas que no podía cumplir –por ejemplo el acceso ilimitado a plataformas sin un ancho de banda acorde a las necesidades de ese número de alumnos, basándose en el supuesto de que muy pocos lo usarían-, y a sus trabajadores explicándoles que todas esas mejoras eran a coste cero, cuando el único que añadía cero a sus costes era el propio “cerebro” mientras los profesores se sobresaturaban de grados, postgrados, asignaturas, plataformas, foros… y el personal administrativo era incapaz de gestionar esa masa de estudiantes.
El resultado final no puede ser otro que la indigestión. De tanto comer, de tanto matricular alumnos pensando solo en los ingresos, y del principio del marketing que dice que a través del boca a boca cada consumidor descontento genera otros 8 que no consumirán nunca ese producto, lo que hoy se vende como un éxito puede llevar al ogro a la muerte.
La moraleja es obvia: el coste cero no existe. Si quieres dar un buen servicio tienes que considerar costes e ingresos y la satisfacción del consumidor. Si sólo tienes en cuenta los ingresos, si además vendes humo y te basas en la idea de que tus consumidores no van a utilizar las cosas que les prometes porque en el fondo tienes tanques de cartón, estás condenado al fracaso. Todos conocemos ejemplos de empresas a las que las promesas incumplidas han llevado a la ruina. Y sería bueno que el “cerebro” de nuestro ogro procesase esta información.
¡Ah! Y aunque habíamos prometido que no íbamos a hablar del Gobierno aquí va una pildorita: Sr. Zapatero y sus ministros tengan en cuenta esta bonita historia cuando proponen subir los impuestos o eliminar las desgravaciones. No hagan solo cuentas con los ingresos posibles y descuenten también los gastos. Seguramente el balance no les cuadrará tan estupendamente.

©José L. Calvo

martes, 1 de diciembre de 2009

Ley de Economía Sostenible. Buenas intenciones y poco más

Cuando el general es débil y no se muestra estricto, su preparación y liderazgo no son evidentes. Debido a ello los oficiales y la tropa se muestran inconstantes. Y las formaciones militares se sienten confundidas. A esto se le llama “caos”.
Estábamos los economistas de todos los ámbitos, profesionales, académicos, gestores de los mercados… a la espera de la gran noticia prevista para este viernes: la presentación de la Ley de Economía Sostenible. Nunca, desde la publicación de la Teoría General de John M. Keynes, se había esperado tanto de una propuesta que iba a hacer que el gran enfermo de Europa (España según The Economist) remontase el vuelo, superásemos nuevamente en renta per cápita a Italia y volviésemos a llamar a las puertas del G8 para que nos hicieran un sitio entre los grandes. El nuevo gurú de la economía, José Luis Rodriguez Zapatero, había predicho que su proposición cambiaría el rumbo no solo de la economía española sino de la europea, ya que esta Ley sería puesta en marcha para todos los países de la Unión aprovechando que el 1 de enero comienza el período de la presidencia española.
Y ciertamente al conocer la Ley de Economía Sostenible nos hemos quedado boquiabiertos. Buenas intenciones, una presentación power point que podría haber hecho un alumno de primero de Economía, pero sin concreción. Y por supuesto ninguna reforma, del mercado laboral, del sistema educativo, del financiero, de la Administración Pública para introducir una política de riguroso control de gasto… Lo dicho, una apuesta por esperar, con buenas palabras y poco más, que la ola de la recuperación internacional nos saque de donde estamos varados.
La Ley nos vuelve a ofrecer un modelo basado en el I+D+i, la formación y las energías renovables, pero ni un solo euro concretado en esas actividades. De hecho, las únicas concreciones son las que figuran en los Presupuestos Generales del Estado para 2010, que van justo en la dirección opuesta con una reducción muy importante de la partida dedicada a I+D. Por otro lado “dinamita” el sector que ha sido el motor del crecimiento de nuestra economía, la construcción. Si la vivienda está sufriendo una caída en sus precios imagínense lo que va a suceder ahora que la desgravación por compra desaparece para rentas superiores a los 24.000 euros. Dos consideraciones en esta línea: en primer lugar, es lógico que los compradores vayan a descontar del precio de la vivienda las deducciones que hasta ahora obtenían, con lo que obviamente estarán dispuestos a pagar un precio menor que aquél que pagarían en el caso de que esas deducciones se mantuvieran. El resultado puede ser una “caída libre” del precio de la vivienda; y en segundo lugar está el límite de los 24.000 euros que, en principio, no parece tener en consideración elementos como el tamaño de la familia a la que pertenece la persona que obtiene los ingresos. Un ejemplo sencillo: una familia de 4 miembros –padre, madre y 2 hijos- con una única renta de 25.000 euros no tendrá derecho a deducción por la adquisición de vivienda aún cuando estén por debajo de la línea de la pobreza; y sin embargo otra familia compuesta por dos miembros con ingresos individuales de 23.000 euros, es decir 46.000 euros anuales de ingresos conjuntos, sí tienen derecho a deducción.
Saltando de las consideraciones económicas a las políticas, -los economistas también tenemos ideología- el problema es que el rumbo errático de la política económica, este socialismo estético –gracias Fernando por la definición- que practica el gobierno, con un discurso hueco pero sin acometer las reformas necesarias, y la radicalización verbal tanto de la derecha como de la izquierda está dejando a esta última huérfana de opciones. Si a la defunción certificada de IU unimos una socialdemocracia tan descafeinada que consigue que los bancos vuelvan a la senda de los beneficios en menos de un año mientras que condena a más de 4 millones de españoles a la beneficencia conculcando su derecho constitucional a un trabajo digno, los votantes de izquierdas cada vez vamos perdiendo más la ilusión por un cambio efectivo y por aquellos que deberían representarlo. Por el contrario, esa radicalización del discurso, un populismo muy bien entendido y una situación político-económica desastrosa están dando alas al sector más duro de la derecha española, a ese que camina de la mano de una iglesia ultramontana. Y no es una perspectiva nada halagüeña.
Sr. Presidente, comience a ponerle chicha a la Ley de Economía Sostenible o la época de Margaret Thatcher en el Reino Unido va a ser el comunismo comparado con lo que nos espera a partir de 2012.

© José L. Calvo

lunes, 16 de noviembre de 2009

La recesión ha terminado (en Europa). España a la espera de la gran ola

Aquel que es el primero en tomar posición en el campo de batalla espera al enemigo y se siente cómodo. Aquél que es el último en tomar posición en el campo de batalla y se apresura a pelear, se agota. Así pues, el que es hábil en la batalla emplaza al otro, y no es emplazado por él.

La recesión ha terminado en la Eurozona. En el tercer trimestre de este año esta creció un 0,4%. Todos los países de la moneda común presentan tasas de incremento positivas de su PIB: Alemania un 0,7, Francia un 0,3, Italia un 0,6 etc. Tan solo hay una excepción: España.
Nuestro Gobierno sigue, sin embargo, poniendo buena cara al mal tiempo y considera que la moderación de nuestro decrecimiento (un 0,3% en ese trimestre) es también un dato esperanzador que sumar a que el paro tan solo creció en 100.000 personas, dejando la población desempleada en 3.800.000 españoles según cifras del Ministerio de Trabajo. Vamos, que si la Eurozona puede dar por zanjada la recesión, nosotros también podemos hacerlo aunque nuestra tasa de paro siga duplicando la media europea, nuestro PIB decrezca en lugar de crecer y el déficit público esté disparado por encima del 10% de ese mismo PIB.
Una muestra clara de ese positivismo del Gobierno lo tenemos en las declaraciones de la Secretaria General de Empleo, Maravillas Rojo, que como decimos, considera esperanzadora la evolución del paro. Según esta responsable política “…la variación interanual del paro registrado sigue a la baja…” (vamos que se destruyen un número inferior de empleos, quizás porque cada vez quedan menos). Pero lo realmente sorprendente es el mensaje final de la responsable ministerial afirmando que hay síntomas de recuperación de la actividad económica internacional que "…nos llevan a pensar que si, en efecto, la recesión empieza a tocar fondo, a partir de ahora puede iniciarse una recuperación que contribuya a frenar la destrucción de empleo". Dicho lisa y llanamente, nosotros no hemos de hacer nada porque ya nos llega el empujón del exterior que nos permitirá remontar. Lo que ya definimos en su momento como el modelo del surfista.
Porque nuestras autoridades políticas llevan toda la crisis esperando la ola. Si se analiza detenidamente, la política económica socialista ha consistido hasta ahora en un conjunto de medidas tendentes a capear el temporal, a resistir, a la espera de que la recuperación económica internacional nos permita volver a coger la senda del crecimiento. Es decir, que lo mismo que negó en su momento que la crisis económica tuviera algún componente nacional –hasta que la burbuja inmobiliaria explotó y las constructoras y el empleo empezaron a caer como un castillo de naipes- ahora también aspira a que la recuperación tampoco sea nuestra, sino que nos venga ofrecida desde el ámbito internacional. Lo dicho, un surfista en su tabla dando vueltas a la espera de que venga la gran ola.
Este planteamiento es, a nuestro juicio, suicida. Porque si no preparamos nuestra economía para lo que ha de llegar, si no mejoramos nuestra estructura productiva y nuestra competitividad, si no modificamos la actual estructura del mercado de trabajo es muy probable que la recuperación exterior no solo no suponga una mejora de nuestra economía sino que por el contrario, de origen a un empeoramiento.
Las instituciones internacionales, el mundo empresarial y los profesionales de la economía hemos indicado numerosas veces la necesidad de introducir importantes reformas en el modelo productivo español que le permitan absorber la población activa, mejorar la competitividad e incrementar la internacionalización de nuestras empresas. Sin un nuevo modelo de crecimiento basado en la I+D+i es más que probable que el empujón internacional como mucho sirva tan solo para un lavado de cara que encubra las deficiencias de nuestro sistema productivo pero que, en ningún caso, resolverá los principales problemas que habrá de afrontar nuestra economía a medio y largo plazo: una tasa natural de paro alrededor del 8%, un déficit público imposible de enjugar dado que los gastos sociales no decrecerán y los ingresos aumentarán escasamente, una falta absoluta de competitividad de nuestras empresas asociada entre otras cosas a las rigideces laborales, un sistema financiero que no ha abordado todavía una reorganización en profundidad y la incapacidad de fomentar la iniciativa empresarial de las pequeñas empresas y los autónomos, que se enfrentan a un sinfín de trabas legal-administrativas y financieras.
Siguiendo con el símil del surf, si en vez de estar alerta sobre una tabla aerodinámica nos encontramos jugando sobre un cartón, es muy probable que la ola no solo no nos empuje sino que nos ahogue.
Como dice el general, el que es hábil en la batalla emplaza al otro, y no es emplazado por él. No debemos tan solo esperar la ola, hay que construir una buena tabla.

© José L. Calvo