martes, 26 de mayo de 2009

Las pensiones en España y la financiación pública de las herencias

El sabio general busca alimento en el enemigo. Un barril de comida del enemigo equivale a veinte barriles de los propios. Un fardo de forraje del enemigo equivale a veinte fardos del propio.

Las pensiones públicas han saltado al terreno de la discusión político-económica en las últimas semanas. Primero fue el Gobernador del Banco de España el que señaló la necesidad de modificar el actual sistema. A sus comentarios le respondió, airadamente, el Ministro de Trabajo. Posteriormente se añadieron a la polémica nuevos políticos, economistas e incluso empresarios. Pero ¿qué hay realmente detrás de este debate?
En primer lugar, es difícil que alguien discuta la necesidad de una modificación del actual sistema de pensiones. Aunque sea por simple lógica matemática, el aumento de la esperanza de vida junto con el mantenimiento de la edad de jubilación han hecho que aumente muy sustancialmente su coste. Como decimos, en este caso la lógica es aplastante: si antes el español medio se jubilaba a los 65 años y vivía hasta los 70 (5 cobrando la jubilación) ahora se jubila a la misma edad pero su esperanza de vida ha llegado hasta los 85 (20 años cobrando). Esto supone un doble incremento: el de las personas a las que hay que pagar una pensión y el del período por el que la cobran. Insostenible salvo que la población ocupada crezca en la misma proporción, algo que no está teniendo lugar. Es por ello que incluso desde el propio Ministerio de Trabajo han surgido propuestas que tratan de ligar la edad de jubilación y la esperanza de vida, o la jubilación voluntaria en algunas profesiones.
Pero hay otro argumento que justifica la reforma y que no ha sido empleado en esta discusión: el actual sistema de pensiones permite a los jubilados vivir sin afectar a su patrimonio. Dicho clara y llanamente, las constantes demandas de mejora de las pensiones pretenden que estas cubran una calidad de vida aceptable sin que los jubilados hagan uso de sus recursos privados, que intentan que pasen íntegros a sus herederos. Es decir, en muchos casos lo que se está demandando es una financiación pública de las herencias privadas. Lo que supone una absoluta contradicción con la racionalidad económica y con lo que sucede en nuestro entorno.
Según la Teoría del Ciclo Vital de Franco Modigliani (1918-2003,) Premio Nobel de Economía en 1985, los ahorros de los individuos son los que posibilitan que estos mantengan una corriente de consumo estable. Para este autor los ingresos presentan una forma de U invertida, de manera que en los primeros y últimos años de su vida los agentes desahorran, mientras que en el período de en medio, el de máxima productividad y en consecuencia mayores ingresos, ahorran. Lo que aplicado al caso que estamos considerando significa que cuando llegamos a la edad de jubilación utilizamos los recursos que hemos estado ahorrando a lo largo de nuestra vida laboral con el objeto de tener un retiro confortable. Un razonamiento económico impecable.
Esto, como decimos, también se puede apreciar si vemos lo que hacen los jubilados americanos o nuestros socios británicos, alemanes, franceses,… que tienden a vender sus posesiones (casas, acciones,…) con el fin de disfrutar de una jubilación cómoda, muchas veces en nuestro país. Eso supone, obviamente, que los herederos deben buscarse sus propios recursos, ya que el patrimonio heredable va disminuyendo a medida que aumenta la esperanza de vida.
Pero, ¿qué se hace en España? En nuestro país por el contrario, se protege la herencia. Veámoslo con un ejemplo. Supongamos un agricultor jubilado que a lo largo de su vida ha acumulado un patrimonio por su trabajo. En este sector por regla general las pensiones son bajas, por lo que siguiendo la lógica que domina en nuestro país demandará una subida de su pensión y todos consideraremos justa su petición, ya que el dinero público que obtiene en la actualidad no le permite llevar una vida especialmente desahogada. Pero ¿qué ocurre con su patrimonio?, pues que se mantendrá intacto. En consecuencia, ¿a quién estaremos realmente beneficiando si aumentamos su pensión? Claramente a sus herederos. Es decir, que el aumento de la pensión de este agricultor adinerado a partir del erario púbico generará un beneficio privado a sus herederos.
Es evidente que no todos los jubilados están en la situación antes descrita. Pero sí lo es que un buen número de ellos tienen unos recursos que han generado a lo largo de su vida laboral. Lo que nosotros proponemos es que disfruten de esa riqueza y que no sea el Estado; es decir todos nosotros, los que financiemos el traspaso de ese patrimonio a sus herederos. En definitiva, aplicar la Teoría del Ciclo Vital de Modigliani. Y eso se puede conseguir por muy diferentes vías: se ha hablado de pensiones privadas, de hipotecas inversas, etc., incluso se ha propuesto un sistema mixto de reparto y capitalización. Pero a lo mejor la solución es más simple y más justa: un sistema de pensiones públicas en el que cobren menos los que más capital poseen. Medida que posibilitará que el sistema sea sostenible y que nuestros mayores disfruten realmente de aquello que tanto esfuerzo les costó conseguir.

© J. A. Martínez y J. L. Calvo 2009

jueves, 14 de mayo de 2009

La no desgravación de 2011 o cómo hablar sin haber revisado los números suficientemente

La victoria en la guerra no es repetitiva, sino que adapta su forma continuamente

En el debate del Estado de la nación del día 12 de mayo de 2009 el Presidente Zapatero planteó una medida arriesgada: se trata de que a partir de 2011 desaparezca la desgravación por la compra de vivienda para aquellas rentas superiores a 24.000 euros anuales. Esta medida es, a nuestro juicio, un propuesta poco meditada porque hay al menos dos preguntas que no han sido respondidas por la intervención del Sr. Zapatero: ¿está el Presidente realmente convencido de que con ella en menos de dos años se va a absorber el excedente de viviendas de nuestro país?; la segunda es de mucha más profundidad, porque afecta a esa política social de la que tanto ha hecho gala: ¿está seguro el gobierno que una unidad familiar con unos ingresos brutos de 24.000 euros es rica? En los siguientes apartados justificamos nuestra discrepancia.

Primero. La realidad del parque inmobiliario.
Existe en la actualidad en España un parque de viviendas a la venta próximo al millón. No parece sensato pensar que con la actual atonía del mercado inmobiliario, con una economía con crecimiento cero, con más de cuatro millones de parados y la gran mayoría de las economías domésticas tocadas por la crisis, la amenaza de no poder acceder a una desgravación fiscal futurible vaya a reactivar la demanda. De hecho puede producir un efecto contrario, ya que aquellos especuladores que están jugando a la baja en el mercado esperando que los precios de los bienes inmuebles caigan todavía más, van a seguir esperando a una caída adicional que a buen seguro se producirá a partir de 2011. En esa fecha fatídica los consumidores descontarán del precio que estaban dispuestos a pagar la desgravación que deberían haber obtenido, y, en consecuencia, limitarán más aún su capacidad de endeudamiento y solo estarán dispuestos a pagar los precios que incorporen ese descuento adicional.

Segundo. Contradicciones de la improvisación
El límite que se ha impuesto para eliminar la desgravación es muy discutible. Preguntamos nuevamente: ¿qué asesor del Presidente le ha dicho que una unidad familiar con 24.000 euros anuales es rica? Desde luego no uno que conozca los datos de la última Encuesta de Condiciones de Vida (ECV) del INE.
Aunque tengamos que romper nuestra tradición, debemos en este caso introducir algunos conceptos técnicos. En los estudios de distribución de la renta, y, en concreto, en los análisis de pobreza, se emplea habitualmente el concepto de Renta por Unidad de Consumo Equivalente (RUCE), que viene a ser una especie de renta neta de cada miembro de la unidad familiar. Para calcularla se coge la renta neta de la familia y se divide en función de los miembros teniendo en cuenta que existen escalas de equivalencia; es decir, que no todos gastan lo mismo y que de hecho hay gastos que por ser comunes producen economías de escala en su consumo. Las escalas de equivalencia más empleadas son las de la OCDE corregidas, que asignan el valor 1 al primer miembro del hogar, 0,7 al segundo adulto y 0,5 a cada uno de los miembros menores de 16 años. A partir de aquí se calcula la RUCE y se establece la línea de la pobreza como el 60% de la mediana.
Salvado el escollo teórico volvamos a la práctica. Según la ECV de 2007 la RUCE se situaba en España en los 14.700 euros anuales, alquiler imputado de la vivienda incluido, por lo que la línea de la pobreza estaba en los 8.834 euros. Cojamos ahora un ejemplo de la propuesta del Sr. Zapatero. Supongamos una familia de cuatro miembros, padre, madre y dos hijos menores, con unos ingresos de 24.000 euros anuales. Aplicando la escala de la OCDE (2,7) nos encontramos con que la RUCE de cada miembro de esa familia es de 889 euros, escasamente por encima de la línea de la pobreza. Y eso que hemos utilizado los ingresos brutos y no los netos, ya que si hubiésemos empleado estos últimos la familia caería dentro del colectivo de pobres.
Es decir, que nadie puede defender que una familia compuesta por personas que apenas superan la línea de la pobreza es lo suficientemente rica como para eliminarla del grupo con derecho a desgravación. Por el contrario, un individuo que vive solo y tiene unos ingresos de 23.900 euros (y en consecuencia una RUCE de 23.900) sí tiene derecho a desgravar en sus impuestos la futura hipoteca de la casa que se compre. Estas medidas hay que pensarlas mucho antes de tomarlas porque si no incurriremos en contradicciones estratégicas de política económica.

Tercero. La economía es sencilla pero no simple.
Queremos dejar constancia de que estamos a favor de que exista una relación inversa entre las deducciones fiscales por la compra de vivienda y los ingresos de las familias, de forma que desgraven menos quienes más rentas obtienen. Pero antes de hacer una propuesta concreta hay que tomar en cuenta muchos aspectos.
De todas formas, estamos prácticamente seguros de que esta medida no se llevará a efecto. Dos consideraciones avalan este supuesto: en 2011 estaremos a menos de un año de las nuevas elecciones, y no creemos que se aplique una medida tan impopular entre las clases medias; y en segundo lugar que ni siquiera estamos hablando de clases medias, sino de familias que están rozando la línea de la pobreza.

Conclusión

Giuseppe Tomasi di Lampedusa, en su novela El gatopardo ponía en boca de Fabricio Corbera, príncipe de Salina, la siguiente máxima: "Si queremos que todo siga como está, algo debe cambiar".O lo que es lo mismo: si algo funciona no lo cambies. Porque o hablamos de una revisión profunda, justa, equitativa y con sentido del IRPF, o mejor no tocarlo.

©Martínez y Calvo

lunes, 11 de mayo de 2009

Cuidado con la ley del péndulo

Método de atacar las ciudades fortificadas: en disponer de las torres de asedio y de los vehículos armados se tardará tres meses…. Si el general no logra vencer su ira y les obliga a que trepen como hormigas, morirá un tercio de los soldados y de los oficiales, pero no se logrará tomar la ciudad. Será un ataque desgraciado.
Las últimas noticias aparecidas en la prensa parecen dar un respiro a la economía española: el EURIBOR se ha situado en el 1 por ciento, su nivel más bajo desde su nacimiento, con lo que ello supone de reducción de la presión que las hipotecas ejercen sobre los presupuestos de las economías domésticas; se ha reducido el crecimiento del desempleo, que en el último mes de abril fue de algo más de 39.000 personas, lo que supone un tercio del incremento que se produjo en el mes de marzo, y la confianza de los consumidores mejora, con más de la mitad de las familias españolas considerando su situación económica buena o muy buena, según una encuesta publicada el fin de semana pasado. Todos estos síntomas, como decimos, parecen señalar en la dirección de que la crisis económica empieza a perder ese tinte apocalíptico que algunos medios de comunicación y partidos políticos le adjudicaban.
Pero si bien la mejoría es real, nos da miedo, auténtico pánico, que tanto las economías domésticas como el gobierno caigan en el optimismo. Que el péndulo oscile ahora hacia el otro extremo y que esos brotes verdes que el Presidente anuncia sean interpretados como el comienzo de una cosecha sana y muy productiva, como el fin de la crisis. Porque, utilizando un símil médico, el enfermo/España ha experimentado una ligerísima mejoría, pero su situación sigue siendo muy grave y sus posibilidades de abandonar la UCI son, por ahora, prácticamente nulas.
La reducción del EURIBOR hasta sus límites históricos sumado a la caída del precio de la vivienda experimentado en el último año y medio podrían hacer pensar a las economías domésticas y a los bancos que lo más grave ha pasado y que ha llegado el momento de volver a nuestra práctica tradicional: adquirir una vivienda para unos; y prestar y obtener pingües beneficios a partir de las hipotecas para los otros. La justificación es clara: las viviendas han disminuido su precio con lo que se han convertido en más accesibles; y la capacidad de endeudamiento ha mejorado, porque la cuota que hay que pagar por el mismo capital es muy inferior a la que se debía abonar hace, por ejemplo, un año.
Seguir este razonamiento supondría cometer un error gravísimo. Como señalan tanto Friedman con su teoría de la Renta Permanente como Modigliani con la del Ciclo Vital, lo importante para determinar la capacidad de consumo de los individuos no son las rentas corrientes sino la actualización de la corriente de rentas pasadas y futuras al momento actual. Dicho claramente, que no es bueno basarse en los tipos de interés actuales para endeudarse, porque a poco que la situación mejore y que la economía española empiece a despegar nos vamos a encontrar con tipos de interés que volverán a situarse en el entorno del 5-6 por ciento, a lo que habrá que sumar el efecto que tenga el déficit público que vamos a heredar, que probablemente esté próximo al 10 por ciento del PIB. Es decir, que si nuestra cuota actual es de 1.000 euros debemos pensar que en dos o tres años será de 1.500
El otro gran temor es la actitud del gobierno. Como ya hemos dicho anteriormente, creemos que la posición del actual gobierno del Sr. Zapatero es la del “surfista”. Es decir, está con la tabla esperando la “gran ola de recuperación” que llegará de EE.UU o del resto de Europa y que nos permitirá remontar la crisis subiéndonos en ella. En esa medida cualquier dato positivo le permitiría reforzar esa idea y no acometer las reformas que tanto necesita nuestra economía: la genérica de cambio de mentalidad; la de la transformación del modelo de crecimiento desde el periclitado del “ladrillo” a otro basado en la innovación y las TICs; la flexibilización del mercado de trabajo –que nuevamente no quiere decir despido libre sino libre contratación entre trabajadores y pequeños empresarios, sin necesidad de la intervención de unos sindicatos obsoletos que desde luego no son sindicatos de clase como pretenden hacer creer-; y la reforma de la educación para adecuarla a las necesidades del mercado, entre otras.
En definitiva, agradecemos las noticias que nos hacen ver con cierto optimismo el futuro. Pero esperamos que tanto las economías domésticas como el sistema financiero y el gobierno no sucumban a la alegría y piensen que lo peor de la crisis ya ha pasado. Volviendo al símil médico: al enfermo le hace falta todavía mucha cirugía.

viernes, 10 de abril de 2009

Un gobierno fajador

El ejército victorioso vence antes y después de que tenga lugar la batalla. El ejército derrotado primero lucha y después busca la victoria.
Finalmente el Presidente Zapatero parece haber hecho caso a todos aquellos, incluidos nosotros, que demandaban un cambio de gobierno. Sin capacidad de reacción, con el margen de maniobra agotado –dicho por el propio Vicepresidente Solbes-, con la imagen destrozada por su incoherencia e incapaz de infundir confianza a los españoles, el Gobierno del Sr. Zapatero parecía un boxeador sonado que pululaba por el ring a la espera de que sonase la campana. Por ello, aplaudimos que el Presidente haya decidido introducir modificaciones en su gabinete.
Pero lo sorprendente es la estrategia que ha adoptado. En vez de aprovechar esta oportunidad para introducir un cambio verdadero y apostar por una actitud proactiva y de futuro, por un equipo ágil y joven, por favorecer un cambio de mentalidad y sobre todo de modelo de crecimiento económico, ha decidido blindarse. Ha puesto sobre el ring político-económico un gobierno que podríamos denominar del tipo boxeador fajador.
Suponemos que la gran mayoría de ustedes conocen el argot pugilístico. Si no es así, sepan que un fajador es ese boxeador que se sube al ring con una única misión: aguantar los golpes de un rival más poderoso, a la espera de un golpe de suerte o de que el combate finalice. Por eso cubre su cuerpo y cabeza con los brazos y los puños, se mete en su rincón y resiste, resiste,…
Esa es justamente la imagen que transmite el nuevo gobierno: los ministros han sido elegidos dentro de la ortodoxia más estricta del aparato del PSOE con un objetivo claro: aguantar los envites que le lance el PP hasta que o bien la recuperación económica de Estados Unidos nos permita subirnos en la ola y así comience también la mejora de nuestra economía, o bien llegar lo más lejos posible en la actual legislatura –ya casi nadie apuesta porque el gobierno llegue a 2012, sino más bien por elecciones anticipadas en cuanto se note el menor síntoma de revitalización-. Lo dicho, esconder la cabeza y el cuerpo y aguantar un golpe, dos, tres, cien,…
Dado que nuestra especialidad es la economía, consideramos que solo nos compete analizar los cambios de orientación que se han producido en esta. Y la conclusión no puede ser más clara: ninguno. En primer lugar porque muchos de los antiguos ministros económicos permanecen en sus carteras, y no parece lógico que den ahora un golpe de timón, ya que eso demostraría que durante el último año han seguido una estrategia equivocada. Así, no se puede esperar la imprescindible reforma del mercado de trabajo para hacerlo más ágil y flexible, ya que el titular de la cartera se mantiene. Ni tampoco parecen probables nuevas políticas industriales, energéticas, de la vivienda o de innovación, fundamentales a nuestro juicio para poder afrontar la crisis y sobre todo para definir un nuevo modelo de crecimiento que nos permita salir de ella en mejores condiciones de las que entramos.
Tan solo dos cambios sustanciales: el ministerio de Fomento y la Vicepresidencia del Gobierno. Y en ambos casos las declaraciones de los titulares nos abocan a algo que ya conocíamos: gasto en obra pública como única línea de actuación y petición –suponemos que pía que para eso estamos en Semana Santa- a los bancos para que hagan fluir el crédito a empresas y particulares. Coherente con una política de corte keynesiano pero que tiene una limitación muy clara en el tope máximo que la UE permita al déficit público y que se olvida de toda una batería de políticas microeconómicas –las ya citadas políticas industriales, energéticas, innovadoras, de reforma del mercado de trabajo, de introducción de las nuevas tecnologías, de cambios en el sistema de intermediación,…- imprescindibles si queremos adoptar un modelo de desarrollo económico acorde con el siglo XXI.
A nuestro parecer el Sr. Zapatero ha desperdiciado una gran oportunidad para haber optado por una actitud mucho más proactiva y valiente. Debería, a nuestro juicio, haber apostado por una propuesta mucho más ecléctica desde el punto de vista político –incluso proponiendo un gran pacto de estado que en un ejercicio de soberbia ha rechazado-, eligiendo a personas que fueran capaces de enfrentarse al gran reto que tiene nuestro país en estos momentos: más de tres millones y medio de parados, un sector industrial falto de competitividad, un modelo de crecimiento quebrado y sin sustituto, y un sistema financiero sano pero que puede sufrir mucho si el pánico se contagia desde las Cajas a los bancos.
Pero esto no parece importarle al Presidente, que ha optado por resistir. Lo dicho, un gobierno fajador dispuesto a aguantar golpes y con muy escasa capacidad de reacción económica. Lo malo es que no cuenta con que se han subido nuevos enemigos al cuadrilátero: Convergencia y Unió y el PNV. Y estos no son el PP, proceden de Comunidades donde existe una tradición empresarial, saben de economía y conocen dónde golpear.

© J.A. Martínez y J.L. Calvo 2009

martes, 31 de marzo de 2009

Economía irracional

Emplea el orden para aguardar el caos. Emplea la quietud para aguardar el clamor. Esto es ordenar el corazón-mente…No te enfrentes a estandartes bien ordenados. No ataques formaciones impresionantes. Esto es ordenar la transformación
Uno de los supuestos básicos sobre los que se asienta la Teoría Económica desde sus inicios es la racionalidad de los agentes. Es decir, los individuos y las empresas siguen un comportamiento coherente y no se alejan de esa coherencia bajo ninguna circunstancia: las empresas maximizan sus beneficios sujetas a su función de producción y los precios de los factores y los consumidores maximizan su utilidad sujetos a su restricción presupuestaria (nunca gastan más de lo que ingresan). Dicho en términos comprensibles para todos, un euro es un euro independientemente de en qué y en que circunstancia se gaste. Esta es la lógica que subyace en una ciencia que en sus últimos cien años ha tratado de seguir los caminos de la Física y buscar las leyes que controlan el movimiento de la economía bajo criterios, como decimos, de racionalidad.
Y sin embargo los españoles parecemos empeñados en crear una nueva Teoría Económica rompiendo ese supuesto. Porque es difícil encontrar un comportamiento más irracional que el de los consumidores de nuestro país en los últimos años.
Durante la época de bonanza en la que nos movimos en la última década un euro no era nada. Asimilamos el euro a las cien pesetas y así un café pasó a costar un euro, los menús de mil pesetas fueron sustituidos por los de diez euros, y los vehículos de menos de veinte mil euros (cerca de tres millones y medio de pesetas) pasaron a ser los “utilitarios”, con una demanda restringida a aquellos que no podían acceder a coches de verdad. Y esto por no citar la vivienda, donde la asimilación euro/peseta provocó unos crecimientos exponenciales de los precios, que llegaron a estar a más de seis mil euros el metro cuadrado (un millón de pesetas) en muchas zonas de Madrid, Barcelona o San Sebastián (en este último caso el metro cuadrado cerca de la Concha estuvo próximo a los quince mil euros). En definitiva, gracias al rápido crecimiento de nuestra economía y al cambio de moneda un euro dejó de valer 166 pesetas, y pasó a representar algo menos de 100 en un período muy corto.
Pero las cosas cambiaron tras las elecciones de marzo de 2008. A partir de ese momento fuimos conscientes de que la crisis que el Presidente se negaba a nombrar nos afectaba gravemente. Primero nos entró desconfianza, luego miedo y finalmente pánico. Y un euro pasó a valer muchísimo. Gastar un euro se convirtió en una heroicidad, y dejamos de comprar viviendas, coches,… e incluso cosas mucho más habituales y necesarias entraron en nuestra “política de ahorro”: economizamos en la comida, el vestido, en tomar café,… El consumo se desplomó y con él algunos precios –como el de la vivienda, generando pérdidas en la riqueza-, lo que incrementó el pánico.
Pero ¿qué ha cambiado realmente para que hayamos pasado de una situación de júbilo a una depresión económica? Pues mucho y poco. Mucho porque es obvio que la situación general ha empeorado sustancialmente; y poco porque, sin embargo, la particular de una gran parte de la población no ha variado nada, incluso si nos apuran ha mejorado.
Es evidente que para más de un millón y medio de personas la situación ha empeorado sustancialmente, porque han pasado de tener una actividad remunerada a estar en el paro. Tampoco les va mejor a muchos pequeños empresarios y autónomos, a los que la caída de la demanda y las restricciones del crédito están poniendo en serias dificultades de supervivencia. En su caso las reducciones en el consumo están más que justificadas, y nadie puede pedirles que dediquen al consumo unas rentas que se han reducido en porcentajes muy relevantes.
Pero existe otro colectivo, que representa una parte muy importante de nuestra sociedad, que no ha visto variar su situación ni un ápice, e incluso si nos apuran ha mejorado. Funcionarios, jubilados, personas con un empleo fijo y con contrato indefinido perciben los mismos ingresos que antes de la crisis, por lo que su capacidad de gasto permanece incólume. Pero es que, además, están encontrado oportunidades y precios que antes del verano de 2007 resultaban increíbles: viajes a precios de ganga, viviendas que han reducido su valor a la mitad, grandes ofertas en vehículos o grandes superficies cuya publicidad muestra bajadas sustanciales de precios,... Y sin embargo este grupo también se ha sumado a esa corriente de pánico y ha restringido su consumo hasta límites inverosímiles.
La economía española está envuelta en una espiral de irracionalidad que amenaza con llevarse todo por delante. Porque si aquellos que no pueden no consumen, y si tampoco lo hacen los que sí tienen capacidad de gasto, nos vamos a encontrar en un callejón sin salida. En la actualidad el único que aporta demanda es el sector público y su contribución es limitada y ya está amenazada por las reglas de control de gasto que trata de imponer, en buena lógica, la Unión Europea.
En definitiva, volvamos a la racionalidad. Es cierto que la situación general está muy complicada, pero no es catastrófica: ni las pensiones ni los sueldos de los funcionarios se van a dejar de pagar, ni todos los que forman parte del sector privado se van a ir al paro. Aquellos que pueden tienen la obligación de consumir, no con la alegría de años anteriores, controlando en qué y por qué se gasta, pero gastando. Esa ha de ser una parte fundamental de su contribución a salir de esta crisis.

lunes, 23 de marzo de 2009

El “nuevo” espíritu empresarial que necesitamos y nuestro amigo Paco

El que monta un negocio y no es pesetero, pronto pierde su dinero
Hay que hacer del ocio, nuestro mayor negocio.
Sí el vino perjudica a tus negocios, deja el negocio.
Negocio que no da para llegar a las diez, mal negocio es.

Como habrán podido observar, hemos comenzado este artículo no con la cita típica del Sun Tzu, sino con varios refranes españoles. Queremos así iniciar una nueva fase en que si bien los consejos del general chino siguen siendo nuestro punto de referencia, no queremos olvidarnos de nuestra propia sabiduría popular. Aunque sea, como en este caso, para criticarla.
Uno de los elementos clave que los autores proponemos a los españoles para enfrentarse a la actual crisis económica, ya sea en el blog o en el libro que acabamos de editar y que por supuesto les recomendamos, es un cambio de mentalidad. Cambio que debe reflejarse en nuestra actitud ante la vida y también en cómo percibimos la actividad económica. Y en este caso queremos centrarnos en un aspecto de ésta: la forma en cómo enfocamos la actividad empresarial.
La imagen que la sociedad española tiene de su empresariado no es buena. Y ello se debe, a nuestro juicio, a dos motivos: en primer lugar, porque salvando magníficas excepciones que poco a poco se van convirtiendo en la norma, más que empresarios lo que ha proliferado en España han sido aventureros, especuladores,… y en general individuos carentes de profesionalidad; y en segundo lugar porque nuestro sociedad tiene incorporada a su código genético una cierta animadversión hacia esta actividad, como demuestran los refranes que hemos incluido. Analicemos estos dos aspectos.
Tradicionalmente el empresariado de nuestro país ha estado compuesto por personas con un escaso grado de cualificación. Se llega a empresario por vocación –y en los últimos años porque se tenía un terreno y algo de dinero- y ello ha supuesto en muchos casos una falta importante de preparación que se traduce en una gestión carente de profesionalidad. Por poner solo algunos ejemplos, lo más normal es que nuestras pequeñas empresas, que representan más del 99 por ciento del total, sean sociedades individuales, lo que supone que si bien en las épocas de bonanza los beneficios van directamente a su propietario, en las de mayor estrechez, y sobre todo cuando las cosas se ponen feas y hay que cerrar la empresa, este deba hacer frente a las deudas con todo su patrimonio actual y futuro. También es habitual encontrarse con una contabilidad no profesional y desde luego con escasos conocimientos de cosas tan básicas como las dotaciones de capital, las amortizaciones o el TAE de las líneas de crédito o los descuentos comerciales que tan de cabeza les llevan en la actualidad… Por no citar a aquellos que cuando la economía española era la locomotora de Europa dilapidaron los beneficios de la empresa en viajes en primera clase, safaris, coches deportivos, todo terrenos,… Lo dicho, poca preparación y poca profesionalidad han asimilado muchas veces la profesión de empresario en España a la de aventurero o especulador (sobre todo en la construcción).
Pero esta es solo una cara de la moneda. La otra la podemos observar cuando volvemos la mirada hacia la sociedad. Porque la cultura del “pelotazo”, del vivir sin trabajar, forma parte de nuestro acerbo nacional. Como decimos, los refranes son un buen ejemplo. Pero es que además nos queda un viejo prurito de la época franquista que consiste en considerar a los empresarios como explotadores. Nadie, y muy especialmente desde la izquierda, quiere pertenecer a este colectivo ya que con el simple hecho de constituir una empresa y contratar a un trabajador parece haberse pasado al enemigo. A partir de ese momento deja de ser uno de los nuestros para convertirse en un explotador (¿Recuerdan la anécdota de Amancio Ortega aclarándole al President Pujol que no fabricaba en un barco en alta mar?). Es como si el mero hecho de registrar el nombre de una empresa y resolver la maraña de trámites legales supusiese pasar de vivir del propio esfuerzo a alimentarse del de otros.
Pues bien, ambas concepciones del empresario deben cambiar si queremos que España y los españoles podamos salir de la crisis en mejores condiciones de las que entramos. Y si el candidato estadounidense republicano McCain tenía su fontanero Joe, nosotros tenemos a nuestro amigo Paco como ejemplo de lo que representa esa nueva mentalidad que creemos se debe implantar.
Paco vino de Guinea Ecuatorial a comienzos de la década de los noventa. Desde su llegada trabajó en todo tipo de oficios, muchos de ellos desconocidos para él en su país de origen. Nunca se negó a realizar una tarea. Poco a poco, con mucho esfuerzo, consiguió crear una empresa en la que ha llegado a tener contratadas a tres personas. Dicho de otra forma, tres familias y la suya propia dependen de su capacidad de generar trabajo.
Nuestro amigo Paco rompe con todos los arquetipos que la sociedad atribuye a los empresarios: va a su país de origen, ya que ahora es español, una vez cada dos años a visitar a sus hermanos, y no hace otro tipo de vacaciones. Conduce la furgoneta de la empresa y posee otro coche de gama media de segunda mano. Nunca ha tenido un todo terreno y desde luego nunca ha asistido a una cacería. Vive en una casa de un barrio trabajador de Madrid por la que paga su correspondiente hipoteca. Y alimenta a su familia y a la de sus trabajadores con los proyectos que consigue a través del boca a boca, Internet,…
Este es el espíritu y el empresariado que nos puede sacar de la crisis. Aquellos que se esfuerzan y emplean su creatividad y sus ganas de trabajar para generar todo tipo de empleos. Obviamente no son explotadores sino justo lo que la sociedad necesita. ¡Ojala haya muchos Pacos en nuestro país!
¡Ah!, y por si no lo habían deducido, para ser más correcto políticamente Paco es negro.

© Martínez y Calvo 2009

jueves, 12 de marzo de 2009

El Plan de Bolonia y la enseñanza virtual. Una pequeña lección de Economía de la Educación

Y así es como de tres maneras el soberano acarrea la adversidad al ejército: No saber que el ejército es incapaz de avanzar y, sin embargo, ordenar el avance. No saber que el ejército es incapaz de retirarse y, sin embargo, ordenar la retirada. Esto es lo que se entiende por “poner trabas al ejército”
Hace poco ha vuelto a saltar a la luz pública el debate sobre la instauración del denominado Plan Bolonia, que no es otra cosa que la reforma del sistema universitario con el fin de homologar las titulaciones de los países de la Unión Europea. Los alumnos se quejan de su implantación, y han convocado una huelga “general” para el 12 de marzo con el objeto de manifestar su desacuerdo con dicho Plan.
Vaya por adelantado nuestro apoyo a un cambio en la estrategia de la enseñanza que supone pasar de un sistema memorístico a otro donde priman el raciocinio y la capacidad de trabajo. Donde los alumnos no tienen que aprenderse de “memorieta” un manual y deben, sin embargo, utilizar su imaginación y la bibliografía que se les pone a disposición para realizar sus propios análisis. Esto supone un gran cambio de mentalidad para todos: estudiantes y profesores.
Pero hay dos restricciones básicas sobre las que, sin embargo, el debate ha pasado por alto: Bolonia está concebido para Universidades con un número reducido de alumnos por profesor, y donde los estudiantes son profesionales, es decir, se dedican única y exclusivamente a estudiar y asisten puntualmente a clase. Si no, es imposible implantar una estrategia que supone realizar una media de tres/cuatro trabajos por semestre y que estos puedan ser evaluados con rigor.
Ninguna de estas dos condiciones se da en la mayor universidad virtual de España, la UNED. En esta Universidad en la que nos ha tocado trabajar a los autores de este blog estudian más de 150.000 alumnos “no profesionales”. De hecho, en análisis realizados se ha constatado que la inmensa mayoría de nuestros estudiantes son mayores de 35 años, tienen familia y trabajo, y aún así le dedican a las materias un número de horas que supera la media de las universidades presenciales. Pero lo que desean sobre todo, lo que es su característica definitoria, es poder estudiar cuándo y dónde pueden, sin las restricciones que suponen la asistencia a clases presenciales. De hecho por eso muchos de ellos se inscriben en nuestra Universidad. Para estos alumnos el viejo sistema, unas orientaciones/un manual/un examen, era perfecto, ya que les permitía organizarse su tiempo de estudio y enmarcarlo dentro de su vida familiar y profesional. Pero con los cambios que propone Bolonia, ¿cómo van a ser capaces de hacer cuadrar su vida con la realización de trabajos que se les exigirán en plazos cortos de tiempo?, ¿cómo obligarles a formar grupos para la elaboración de esos trabajos cuando unos estudian de día, otros de noche, otros en fines de semana,…? Hoy que tan en boga está la conciliación laboral/familiar, ¿alguien ha pensado en la conciliación laboral/familiar/de estudio?
La otra condición del Plan Bolonia tampoco se cumple. Por poner el ejemplo nuestro y no implicar a otros compañeros, cada uno de nosotros atiende a una media de 400 alumnos. Sí, han leído bien. ¿Cómo evaluar en un semestre los cuatro trabajos de esos alumnos que con una media de cuatro páginas por estudiante suponen 6.400 páginas por semestre?, ¿cómo alguien piensa que es factible llevar a cabo una enseñanza de calidad con ese volumen de alumnos?, ¿alguien ha calculado el “tamaño mínimo/máximo eficiente” de las clases virtuales? No en esta Universidad.
Según la Economía de la Educación existe un “trade off” entre número de alumnos y calidad, es decir, hay un número óptimo de estudiantes que pueden ser atendidos ya sea en la Universidad presencial o en la virtual. Esto no ha sido un problema a la hora de implantar Bolonia en el resto de Universidades españolas –presenciales y virtuales-, porque tienen un número de alumnos que les permite situarse sin dificultad en esa relación alumnos/profesor. Pero sí en la UNED. En nuestro caso ese ratio óptimo se supera con creces.
Nadie parece dispuesto a enfrentarse a este hecho. Nadie se atreve a “ponerle el cascabel al gato”. Ni el Ministerio, ni el Rectorado, ni algunos profesores quieren hacer explícito algo que resulta evidente: los Planes de Bolonia “stricto sensu” no están concebidos para la UNED. En ellos la enseñanza de alumnos no dedicados en exclusiva al estudio no está contenida; y están hechos para Universidades que trabajan con un número razonable de alumnos por profesor y que no funcionan aplicando la ley de los grandes números (como los seguros).
Somos la única Universidad, junto con la Menéndez Pelayo, que depende directamente del Gobierno. Y estos, de izquierda y derecha, deberían haberse dado cuenta de la especificidad de nuestras características. Da la sensación de que la UNED, la enseñanza virtual y nuestros alumnos hemos estado siempre fuera del concepto que las autoridades tienen de la Universidad. Un concepto absolutamente arcaico dada la transformación que las nuevas tecnologías han traído a nuestra sociedad. En vez de utilizar su potencial se nos ha marginado. Cada cual deberá asumir su responsabilidad cuando el problema estalle.