A lo largo de esta crisis el término más recurrentes ha sido el de los mercados. Todos nos hemos referido a ellos, unas veces para justificar decisiones que era “imprescindible” tomar, otras para acusarlos de actuar en contra de los intereses de la sociedad y los estados… y siempre para hacer referencia a un “colectivo” que imponía la senda por la que debían encauzarse las economías de los países para iniciar la recuperación. Pero ¿quiénes están detrás del vocablo mercados? ¿Qué intereses les mueven?
Comencemos por lo primero, ya que si identificamos cuál es el objetivo nos será más fácil saber quiénes son. Lo que guía el comportamiento de los mercados es la lógica capitalista en su estado más puro: MAXIMIZAR EL BENEFICIO, independientemente de los efectos colaterales que tenga. Nos pueden decir lo que quieran, lo pueden revestir de nombres rimbombantes como economía social de mercado o llamarlo como mejor prefieran, pero el capitalismo se basa en obtener la máxima rentabilidad de las inversiones. Y si ello supone condenar a la miseria a naciones enteras no importa –llevamos haciéndolo siglos en África-; si hay que dejar a cinco, cincuenta o cien millones de personas en el paro; si países como Grecia, Portugal o España tienen que retrotraerse veinte años en su nivel de bienestar, eso no es problema de los mercados. Su misión es que el dinero de los inversores logre el máximo rendimiento posible.
Visto desde esta perspectiva podríamos pensar que los mercados están integrados por personas sin corazón. Por ricos que cada vez quieren hacerse más ricos, al estilo de personajes como George Soros (especulador financiero de origen húngaro y nacionalidad estadounidense), presidente del "Soros Fund Management LLC", que se hizo famoso por ser la persona que "quebró el Banco de Inglaterra" el Miércoles Negro (16 de septiembre de 1992). Cuenta una fortuna neta valorada en nueve mil millones de dólares americanos y fue calificado por la revista Forbes como la 97ª persona más rica en el mundo.
También podríamos hablar de los Fondos Soberanos o incluso de los Fondos Tigre y resto de inversiones especulativas. Incluso siguiendo esa tendencia que está recorriendo últimamente Occidente, podríamos volver a hablar de conspiraciones extrañas: Kevin D. Freeman, analista financiero, proporciona una argumentación curiosa en la línea conspiratoria o de la economía del lado oscuro de la fuerza. "La economía es el nuevo campo de batalla. Cada año gastamos miles de millones de dólares en sistemas de armas. Pero una cantidad relativamente baja enfocada contra nuestros mercados financieros, mediante el uso de derivados apalancados o ciberesfuerzos, podría resultar en billones de dólares de pérdidas. Y los perpetradores pueden quedar sin descubrir". Aunque Paul Bracken, Profesor de la Universidad de Yale, explica que no hay "ninguna evidencia convincente de que fuerzas externas operaran en secreto para ocasionar la crisis de 2008".
Y en parte tendríamos razón. Solo en parte. Supongan ahora que entran ustedes en su entidad financiera favorita –esa que les regala un juego de sartenes cuando invierte una cuantía sustancial de dinero- y deciden comprar acciones de esa misma entidad, invertir sus ahorros en un Fondo de Inversión o contratar un Fondo de Pensiones. ¿Cuál es su objetivo? Obtener la máxima rentabilidad del dinero que ustedes depositan en la entidad, por lo que ésta -que a su vez vive del rendimiento extra que le saca a su dinero- tratará de invertirlo en aquellos activos cuyo tipo de interés sea más elevado. Y si para ello tiene que presionar en los mercados para hacer subir el de la deuda soberana española, griega o portuguesa en la que tiene invertido, no lo dudará. Y ojo, no podemos acusarle de nada ni ilegal ni inmoral, simplemente sigue la lógica que tanto la entidad como usted comparten: el máximo beneficio.
Rizando el rizo la situación es tan extravagante como que parte de la Tesorería de la Seguridad Social española –esa que paga las pensiones- está invertida en Deuda de nuestro país, de forma que cuanto más elevado sea el tipo que tenga que pagar ésta mejor será la situación de esa tesorería y con más facilidad se podrán pagar las pensiones.
Introduzcamos ahora un breve comentario técnico. La relación entre riesgo y rentabilidad de los activos supone que cuanto más arriesgado sea éste más rentabilidad ha de exigírsele. Pero cuánto más alto es el tipo de interés que ha de pagar la Deuda de un país más posible es que se produzca una situación de insolvencia, por lo que se vuelve más riesgoso y debe pagar un mayor tipo. Es, pues, una pescadilla que se muerde la cola.
En definitiva, nosotros mismos, con nuestras inversiones, pasamos a integrar eso que se denomina los mercados, actuando en contra de nuestros intereses como miembros de la sociedad y poniendo en peligro nuestro trabajo y la solvencia de nuestro país. Esto es lo “bueno” del capitalismo por acciones: las responsabilidades son de todos y de ninguno, se diluyen. Ya no es como en aquellos viejos tiempos en que estaban por un lado los capitalistas explotadores y por otro el proletariado explotado. Ahora seguimos siendo explotados pero, parcial, muy parcialmente, por nosotros mismos. Porque, y aquí es donde está el punto débil de la argumentación capitalista, nuestras inversiones son una gota en el océano que sigue estando controlado por los mismos de siempre y sus testaferros políticos –una simple muestra ¿por qué los gobiernos se han apresurado a prestar dinero a los bancos y cajas de ahorro para sanear sus cuentas y no a las pymes, los autónomos o los particulares para hacer lo mismo?-.
Se está engañando a la población. Se están proponiendo políticas extremas de austeridad fiscal como garantía de inmunidad contra los ataques especulativos de los mercados. Nada ni nadie tiene garantizada esa inmunidad. En ninguna circunstancia y de ninguna manera. Aunque tuviéramos superávit fiscal nos podrían atacar. Incluso pueden ser objeto de ataque Francia o Alemania o la propia eurozona. Todo indica que ha llegado la hora de cambiar de modelo. El paraíso capitalista que nos prometió el pensamiento único no parece tal panacea. Seguramente se dio por muertos demasiado pronto términos como socialismo -real-, anarquismo, comunismo y, sobre todo, UTOPIA. La utopía de un mundo sin explotación de los unos por los otros. Porque como dice el manifiesto de Democracia Real Ya que suscribimos plenamente: “es necesaria una Revolución Ética. Hemos puesto el dinero por encima del Ser Humano y tenemos que ponerlo a nuestro servicio. Somos personas, no productos del mercado”.
Comencemos por lo primero, ya que si identificamos cuál es el objetivo nos será más fácil saber quiénes son. Lo que guía el comportamiento de los mercados es la lógica capitalista en su estado más puro: MAXIMIZAR EL BENEFICIO, independientemente de los efectos colaterales que tenga. Nos pueden decir lo que quieran, lo pueden revestir de nombres rimbombantes como economía social de mercado o llamarlo como mejor prefieran, pero el capitalismo se basa en obtener la máxima rentabilidad de las inversiones. Y si ello supone condenar a la miseria a naciones enteras no importa –llevamos haciéndolo siglos en África-; si hay que dejar a cinco, cincuenta o cien millones de personas en el paro; si países como Grecia, Portugal o España tienen que retrotraerse veinte años en su nivel de bienestar, eso no es problema de los mercados. Su misión es que el dinero de los inversores logre el máximo rendimiento posible.
Visto desde esta perspectiva podríamos pensar que los mercados están integrados por personas sin corazón. Por ricos que cada vez quieren hacerse más ricos, al estilo de personajes como George Soros (especulador financiero de origen húngaro y nacionalidad estadounidense), presidente del "Soros Fund Management LLC", que se hizo famoso por ser la persona que "quebró el Banco de Inglaterra" el Miércoles Negro (16 de septiembre de 1992). Cuenta una fortuna neta valorada en nueve mil millones de dólares americanos y fue calificado por la revista Forbes como la 97ª persona más rica en el mundo.
También podríamos hablar de los Fondos Soberanos o incluso de los Fondos Tigre y resto de inversiones especulativas. Incluso siguiendo esa tendencia que está recorriendo últimamente Occidente, podríamos volver a hablar de conspiraciones extrañas: Kevin D. Freeman, analista financiero, proporciona una argumentación curiosa en la línea conspiratoria o de la economía del lado oscuro de la fuerza. "La economía es el nuevo campo de batalla. Cada año gastamos miles de millones de dólares en sistemas de armas. Pero una cantidad relativamente baja enfocada contra nuestros mercados financieros, mediante el uso de derivados apalancados o ciberesfuerzos, podría resultar en billones de dólares de pérdidas. Y los perpetradores pueden quedar sin descubrir". Aunque Paul Bracken, Profesor de la Universidad de Yale, explica que no hay "ninguna evidencia convincente de que fuerzas externas operaran en secreto para ocasionar la crisis de 2008".
Y en parte tendríamos razón. Solo en parte. Supongan ahora que entran ustedes en su entidad financiera favorita –esa que les regala un juego de sartenes cuando invierte una cuantía sustancial de dinero- y deciden comprar acciones de esa misma entidad, invertir sus ahorros en un Fondo de Inversión o contratar un Fondo de Pensiones. ¿Cuál es su objetivo? Obtener la máxima rentabilidad del dinero que ustedes depositan en la entidad, por lo que ésta -que a su vez vive del rendimiento extra que le saca a su dinero- tratará de invertirlo en aquellos activos cuyo tipo de interés sea más elevado. Y si para ello tiene que presionar en los mercados para hacer subir el de la deuda soberana española, griega o portuguesa en la que tiene invertido, no lo dudará. Y ojo, no podemos acusarle de nada ni ilegal ni inmoral, simplemente sigue la lógica que tanto la entidad como usted comparten: el máximo beneficio.
Rizando el rizo la situación es tan extravagante como que parte de la Tesorería de la Seguridad Social española –esa que paga las pensiones- está invertida en Deuda de nuestro país, de forma que cuanto más elevado sea el tipo que tenga que pagar ésta mejor será la situación de esa tesorería y con más facilidad se podrán pagar las pensiones.
Introduzcamos ahora un breve comentario técnico. La relación entre riesgo y rentabilidad de los activos supone que cuanto más arriesgado sea éste más rentabilidad ha de exigírsele. Pero cuánto más alto es el tipo de interés que ha de pagar la Deuda de un país más posible es que se produzca una situación de insolvencia, por lo que se vuelve más riesgoso y debe pagar un mayor tipo. Es, pues, una pescadilla que se muerde la cola.
En definitiva, nosotros mismos, con nuestras inversiones, pasamos a integrar eso que se denomina los mercados, actuando en contra de nuestros intereses como miembros de la sociedad y poniendo en peligro nuestro trabajo y la solvencia de nuestro país. Esto es lo “bueno” del capitalismo por acciones: las responsabilidades son de todos y de ninguno, se diluyen. Ya no es como en aquellos viejos tiempos en que estaban por un lado los capitalistas explotadores y por otro el proletariado explotado. Ahora seguimos siendo explotados pero, parcial, muy parcialmente, por nosotros mismos. Porque, y aquí es donde está el punto débil de la argumentación capitalista, nuestras inversiones son una gota en el océano que sigue estando controlado por los mismos de siempre y sus testaferros políticos –una simple muestra ¿por qué los gobiernos se han apresurado a prestar dinero a los bancos y cajas de ahorro para sanear sus cuentas y no a las pymes, los autónomos o los particulares para hacer lo mismo?-.
Se está engañando a la población. Se están proponiendo políticas extremas de austeridad fiscal como garantía de inmunidad contra los ataques especulativos de los mercados. Nada ni nadie tiene garantizada esa inmunidad. En ninguna circunstancia y de ninguna manera. Aunque tuviéramos superávit fiscal nos podrían atacar. Incluso pueden ser objeto de ataque Francia o Alemania o la propia eurozona. Todo indica que ha llegado la hora de cambiar de modelo. El paraíso capitalista que nos prometió el pensamiento único no parece tal panacea. Seguramente se dio por muertos demasiado pronto términos como socialismo -real-, anarquismo, comunismo y, sobre todo, UTOPIA. La utopía de un mundo sin explotación de los unos por los otros. Porque como dice el manifiesto de Democracia Real Ya que suscribimos plenamente: “es necesaria una Revolución Ética. Hemos puesto el dinero por encima del Ser Humano y tenemos que ponerlo a nuestro servicio. Somos personas, no productos del mercado”.
© José L. Calvo y José A. Martínez, 2011.
